Y sí, la voluntad de Dios es mejor que la mía
Confiar en Dios también es aprender a descansar en una voluntad que ve mucho más lejos que nosotros.
Hay temporadas en las que sentimos que por fin entendimos hacia dónde va nuestra vida. Tenemos planes, deseos que llevamos tiempo presentándole a Dios y algunas certezas que nos permiten avanzar con tranquilidad. Pensamos que sabemos qué debería ocurrir después, hasta que algo cambia: una puerta se cierra, una respuesta no llega como esperábamos o una situación que parecía estable comienza a moverse. Entonces aparece una pregunta difícil de ignorar: ¿qué pasa si Dios cambia mis planes y yo no sé qué viene después? Nos cuesta porque solemos sentirnos más seguros cuando podemos anticipar lo que viene. Sin embargo, buena parte de la vida con Dios transcurre en lugares donde todavía no tenemos todas las respuestas. Proverbios 16:9 dice que el corazón del hombre piensa su camino, pero el Señor dirige sus pasos. El problema no está en hacer planes, sino en creer que esos planes tienen que cumplirse exactamente como los imaginamos para que Dios esté obrando.
Hay algo profundamente desafiante en aceptar que Dios puede conducirnos por un camino distinto al que nosotros habíamos elegido, especialmente cuando nuestro deseo era bueno. Quizás habíamos orado por una oportunidad, una relación, un proyecto o una nueva etapa, y estábamos convencidos de que aquello era lo correcto. Cuando las cosas cambian, es fácil sentir que algo salió mal. En Hechos 16 encontramos un momento muy particular en la vida de Pablo. Él quería continuar predicando el evangelio en determinadas regiones, pero el camino comenzó a cerrarse. No estaba intentando hacer algo incorrecto; quería servir a Dios. Sin embargo, la dirección cambió y finalmente fue guiado hacia Macedonia. Esa escena se parece mucho a ciertas etapas de nuestra vida, cuando avanzamos con una intención sincera y de pronto descubrimos que el camino que imaginábamos ya no está disponible. Con el tiempo, algunas puertas cerradas terminan revelándose como parte de una dirección que todavía no podíamos reconocer.
Oswald Chambers escribió sobre lo que llamó “la gracia de la incertidumbre”. Su reflexión apunta a una realidad muy profunda de la fe: podemos no saber cuál será nuestro próximo paso y, aun así, conocer al Dios que nos acompaña. Muchas veces quisiéramos que Dios nos mostrara el mapa completo, saber cómo terminará una situación antes de atravesarla y recibir una señal clara que nos asegure que todo va a salir como esperamos. Pero la relación con Dios no siempre funciona de esa manera. Hay momentos en los que recibimos suficiente luz para seguir avanzando sin comprender todavía el recorrido entero. Esa clase de fe exige aprender a presentar nuestros deseos delante de Dios sin aferrarnos a ellos como si fueran la única forma posible de que nuestra vida tenga sentido. Podemos querer algo con todo el corazón y hablar con Dios acerca de eso. Podemos pedir y esperar, pero también dejar espacio para que Él haga algo que todavía no habíamos considerado.
Jesús mismo mostró esa entrega en Getsemaní cuando oró: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. No escondió lo que sentía ni fingió que aquel momento era sencillo. Se presentó delante del Padre con absoluta sinceridad y dejó su vida en sus manos. Tal vez una de las formas más maduras de orar sea aprender a hacer algo parecido: decirle a Dios lo que realmente queremos y, al mismo tiempo, reconocer que su sabiduría alcanza lugares que nosotros no podemos ver. Cuando decimos que la voluntad de Dios es mejor que nuestros deseos, no estamos afirmando que siempre será más cómoda. José no podía comprender su futuro cuando fue vendido por sus hermanos, Abraham salió de su tierra sin conocer cada detalle del camino y los discípulos atravesaron días en los que todo parecía haber perdido sentido. Muchas veces nosotros también entendemos nuestra historia mirando hacia atrás, cuando recién entonces descubrimos que Dios estaba obrando en lugares que en su momento parecían confusos.
Charles Spurgeon hablaba de la providencia de Dios recordando que nuestra visión siempre es limitada. Nosotros vemos una parte pequeña de la historia y hacemos planes desde ese lugar, mientras Dios contempla mucho más de lo que nuestros ojos pueden alcanzar. Pensar en esto puede traer descanso cuando sentimos que las fichas de nuestra vida empiezan a moverse. Tal vez habías imaginado que cierta persona permanecería, que una oportunidad iba a concretarse o que determinada etapa tendría otro desenlace. Es natural sentir desconcierto cuando algo así ocurre. No necesitas encontrar inmediatamente una explicación espiritual para cada cambio ni apresurarte a decir que todo está bien cuando todavía estás procesando lo que pasó. Puedes llevar esa incertidumbre delante de Dios y permanecer cerca de Él mientras el camino se va aclarando. Andrew Murray escribió mucho acerca de esa entrega, entendida como la decisión de confiar nuestra vida a Dios aun cuando no podemos comprender por completo lo que está haciendo.
Tal vez hoy Dios esté moviendo alguna ficha que tú querías dejar exactamente donde estaba. Quizás una parte de tu vida está cambiando y todavía no sabes en qué terminará. No tienes que resolver toda la historia hoy. Puedes seguir caminando y dejar que Dios te muestre el próximo paso cuando llegue el momento. A veces pensamos que tendremos paz cuando sepamos qué va a pasar, pero puede ocurrir algo más profundo: comenzar a tener paz porque sabemos en manos de quién estamos. Quizás crecer en la fe tenga mucho que ver con eso, con descubrir que nuestra seguridad nunca estuvo realmente en conocer el futuro, sino en conocer a Dios. Y si hoy no sabes qué viene, puedes hacer una oración sencilla y sincera: “Señor, esto es lo que yo quería. Tú sabes lo que había imaginado y conoces lo que todavía deseo. No sé qué va a pasar, pero confío en que tú ves mucho más de lo que yo puedo ver. Guíame por el camino que tengas para mí y ayúdame a descansar en tu voluntad mientras aprendo a caminarlo”.

